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28 de octubre de 2013

EL ÁRBOL QUE NO SABÍA PERDONAR


El señor octogenario estaba sentado sobre la roca, colocada al lado de la puerta trasera de su morada campestre. Sus deterioradas e hinchadas manos, desplomadas sobre las rodillas, soportaban la lasitud de su cuerpo de señor ya mayor. Apenas miraba al frente, sólo para lanzar breves vistazos con hastío al almendro, huérfano y solitario al lado del resto de pimpollos de otras especies, y que con tanto esmero había cuidado su esposa los últimos tres años de su existencia. Se armó de coraje y decidió fijar la visión sobre éste, aunque con cierto rencor, pues sentía que no merecía su apreciación. Varios años se mantenía con vida el vegetal, pero nunca había observado en todo ese tiempo la mudanza del color de su tronco; permanecía verde, endeble y enjuto, como si se negara a evolucionar desde la adolescencia a la madurez. Ni frutos maduraban en su ramaje, siempre estaba vacío de hojas año tras año, mas no de su perenne gama rosácea, tal como si buscase perpetuar un eterno embarazo más allá de los nueve meses. Aparentaba ser un árbol frágil e inservible, pero con cierto donaire. Sus delicadas flores vivían en las ramas, amontonadas, formando de manera fascinante algún que otro trío e incluso cuartetos y quintetos, imperturbables. Pero el hombre ya no lo quería en su plantación. Siempre había pensado que ese ser vivo sin habla se le rebelaba.

–Acabaré contigo, maldito almendro. Ayer no me diste opción, pero hoy lo haré. Rosaura te sembró, pero yo te arrancaré. –gruñó el dueño con leve enojo.

Se levantó del rocoso asiento, algo torpe, a la vez que emitía un jadeo de cansancio, y se aproximó con lentitud hasta encontrarse a pocos metros del mismo. Al costado había un hacha clavada sobre un pequeño tronco talado. Tensó la mandíbula y frunció el ceño para proporcionarse arrojo a sí mismo, y aún con debilidad agarró la herramienta. Hizo ademán de golpear el filo contra la delgada corteza aceitunada, pero las fuerzas le flaquearon. Lanzó el utensilio a la arenosa tierra labrada, y se dejó abatir.

– ¿Por qué no me dejas acabar contigo, miserable? Nunca me serviste. Sólo le fuiste útil a Rosaura. 
–refunfuñó mientras derrumbaba la mirada a sus pies.

El colérico longevo permaneció mudo un instante, como si pretendiese escuchar la respuesta del almendro, sin embargo éste se limitó a contestarle con una trivial agitación de sus ramas, movidas por una corriente de brisa fresca. Y tras ello, percibió el silencio de varios segundos infinitos.

–Siempre se lo recordaba. Las cosas se hacen a mi manera y en mi huerto mando yo. Eso le decía. Pero ella nunca hacía caso. –continuó con cierta rabia contenida.

Se sentó fatigoso bajo la floreada copa del árbol, y apoyó su columna sobre él. Cerró los párpados y relajó sus manos a ambos lados de su torso ausente.

–Ella siempre se reía... Demasiado despreocupada era. Siempre danzando como una ingenua, como una niña. Y yo le reñía. –siguió con su discurso, mientras transmutaba su estado de ánimo. –Ni descendientes me dejó. Ni un hijo me pudo dar... –finalizó con un hilo de voz.

Volvió a reinar el silencio, pero el viento ya no estremeció de nuevo los esqueléticos brazos de madera del almendro. El hombre abrió la boca, que había dejado sellada, para pronunciar con resentimiento alguna otra frase; pero apenas se lo permitieron las cuerdas vocales. Le brillaron las pupilas.

–Rosaura… Rosaura… –musitó. –Tan bonita siempre, tan coqueta… con las flores que te colocabas en el cabello…

El abuelo terminó de debilitarse, y comenzó a respirar fuerte mientras entraba en un estado onírico. De inmediato, tras su espalda el color esmeralda de la corteza comenzó a oscurecerse y a adquirir una robustez inusual, de forma paulatina, y una a una, las flores que vestían la melena del almendro fueron desprendiéndose de sus asideros, gráciles como lágrimas, ligeras, tenues. Se quedó el árbol en completa desnudez sobre un vivo manto aromático, y la última de ellas cayó sobre sus arrugados labios, a la par que se deslizaba con sutileza. 

Y al fin, de un brote nació un incipiente almendruco.

22 de octubre de 2013

DESCANSAR (Fragmento)

Fragmento del relato "Descansar", que se me ocurrió un día interpretar de manera algo improvisada en un monólogo!


video




"Descansar", finalista en "Premio Narrativa para mujeres", 2012. Libro "Las mujeres cuentan".


LA INSACIABLE

Carta de picantón desamor... que escribí hace ya algún tiempo...


Querido Pepe:

Quiero sincerarme contigo de una vez,… ya no me atrae tu pene. Llevo dándole vueltas a la cabeza durante toda la noche. Sé que hace dos días que no nos hemos encontrado, y que estamos en este momento separados. Yo en la cama, tú… no lo sé. Te he traicionado. Ya está, ya te lo he dicho. Te he puesto unos cuernos monumentales. Y eso fue la misma noche del sábado, cuando te dije que me iba no sé a dónde. ¿Te acuerdas cuando me puse la mar de mona? ¿Con ese vestido tan ceñido que nunca, en tantos años que llevamos juntos, nunca me viste puesto? ¿Y ese perfume afrutado en mi cuello, que jamás, jamás me has llegado a oler?

El domingo regresé a casa tras haber tenido mi primera cita con alguien diferente a ti. Pedro, el hombre que conocí a través de una página web de contactos, una que ojeaba sin que tú te dieses cuenta, mientras casi te obligaba a que jugaras conmigo, a veces, bajo la mesa del ordenador, se comportó en el restaurante de manera muy gentil… Me abrió la puerta, me quitó el abrigo y no paró de posar su mano en mi cintura para que no me cayera en ningún momento, al sentarme, al levantarme, al ir al baño... Lo siento Pepe, pero tú nunca has sido delicado conmigo. Tú nunca has querido ni pretendido abrazarme, Pepe. Yo siempre te he acogido en mi seno a ti, amantísimo Pepe. La verdad es que el vino rosado que mi amante y yo nos tomamos debió desestabilizar la función de mi cerebelo, por eso no dudaba en protegerme con sus fornidos brazos de macho, de hombre de verdad… ¡Ups! Eh… yo… esto... Mi intención no era ofenderte, pero entiéndelo… con él no tenía la necesidad de tener que buscarle, ni calentarle, ni encenderle  para que viniese a mí cuando me apetecía hacer el amor.

¡Ay! Llegamos a su casa y en un santiamén nos acostamos en la cama. ¿Quieres que te dé detalles o mejor lo guardo para mí? De acuerdo, abre bien el ojo y lee, y escucha si puedes o quieres escuchar, pero no te me vayas a enfadar y ponerte a escandalizar… ¡Que nos conocemos! Qué torso tenía, Pepe. Qué abdominales. Qué brazos musculosos. Qué trasero… ¡Y qué miembro más grande! Aunque no tan grande como el tuyo… Sí, sé que en este instante estarás sonriendo al oír tal comparación. Te sentirás poderoso y orgulloso. Pero Pedro sabía hacer algo que tú no has sabido ni sabrás jamás. Pedro no me estuvo penetrando aquella noche como un animal, sin más... Gracias a Pedro he descubierto que tengo sensibilidad en otras partes de mi anatomía… Pedro me provoca un excelente orgasmo con la punta de su húmeda lengua. ¿Dónde está la tuya, anhelado Pepe? No tienes lengua, nunca la tuviste. Ni para lamer, ni siquiera para hablar. Lo siento, sé que estoy siendo dura, pero no tan dura como lo has sido tú conmigo siempre.

Te he engañado vilmente. Y ahora estoy pensando en ti, en mi cama, nuestra cama. He enviado un mensaje a Pedro porque quiero volver a verle. A ti ya no te quise ver más y es por ello que te mandé lejos de mi presencia ayer. Pero estoy recordándote un poco, apenas determinados momentos que pasamos juntos, sólo tú y yo y nadie más. ¿Dónde estarás ahora? Estarás ya mugriento y mudo cual vagabundo, rebuscando en algún contenedor de basura, en algún lugar desconocido. ¡Pobre! Yo lo era todo para ti. Yo era tu ángel de la guarda. Te cuidaba. No estarás bien lejos de mí pero tampoco creo que puedas volver. He enviado un segundo mensaje a mi amante, pero no se ha dignado en contestar. Tampoco descuelga el teléfono cuando le llamo.

Esta mañana pasé por casualidad por el mismo lugar donde años atrás nos conocimos, y he entrado dentro para recordarlo. La chica que nos presentó, esa joven con los pechos tan voluminosos y su eterna sonrisa, tan moderna, que no paraba de hablar y de hacer de celestina, aún estaba allí, con su perenne boca perfecta y abierta de par en par. Enfrente de ella había una mujer, como lo era yo entonces, y frente a ella su futura pareja, cómo lo eras tú. Entonces te volví a ver allí, real, como un clon tuyo, exacto. Perdóname, pero lo volví a hacer, te traicioné de nuevo, te volví a reemplazar. Espero que no te duela, ya no más. Al fin y al cabo tú ya estabas inútil, ya no podías darme eso que necesitaba.

He conquistado a un nuevo Pepe y está ocupando en este momento el hueco que tú has dejado, debajo de la manta calentita. Es mucho más vigoroso que tú, más fuerte que tú y se mueve mucho más veloz. ¡Ahh!… Ahora… Ahora no puedo… No puedo escri… escribirte… Espera, Pepe… ¡Ahhh!... Pepe… qué haces Pepe… no pares… ¡Oh!.. Sí, para… No, así no… así… así… continúa… ¡Ahhhh!... ¡Ahhhh!...

 Con amor. Tu dueña.


P.d: Rectifico… ¡Tzzzzz!... Hay algo en lo que sois idénticos… ¡Tzzzz!...  A ambos se os gastan las pilas demasiado pronto.

2 de octubre de 2013

GUERRERA

¡Y seguiré traspasando cada espejo!
¡Y seguiré rompiéndolo en muchos pedazos!
Galopando subida a mi corcel,
cual caballera agarrada a su aguda lanza.
Hasta toparme con aquél
en el que pueda besar mi reflejo.